Hablemos de ambición...
...en el camino de una mujer artista.
Llevo muchos meses cuestionándome todo lo que aprendí que significa ser mujer. Analizando las cosas que aprendí de mi madre y de mis abuelas, y las que aún sigo aprendiendo de mis tías, primas y amigas.
También llevo meses revisando mis lecturas desde una mirada femenina, leyendo a más autoras mujeres. Analizando mi arte, mi camino como artista y la mirada femenina que habita dentro de mi trabajo.
En los últimos meses he repensado temas como: la maternidad, el amor, el cuidado, la crianza, la belleza, la amistad, las tareas domésticas, la sexualidad, la impulsividad, la salud mental, la depresión, la ansiedad y mis procesos creativos desde el ser mujer.
Hace poco inicié un taller “de diarios a autoficción” y desde entonces he leído muchísimo sobre artistas mujeres: escritoras, pintoras, poetas que llevaban en sus diarios personales registros de su estilo de vida, lo que para ellas significaba ser mujeres y artistas, la precariedad de su trabajo, el amor, la depresión, la maternidad y muchos temas más.
Pero, por encima de todo, hay algo que aparece una y otra vez.
Todas —absolutamente todas— comparten la ambición.
Y entonces empecé a cuestionarme mi propia ambición. Y empecé a entender cosas de mí misma que jamás había entendido antes.
Entendí mi extraña necesidad de escribir todos los días la misma frase en mis diarios, sobre lo mucho que quiero ser alguien.
Cuando la escribo sé que no hablo de fama ni de dinero. Hablo de otro tipo de reconocimiento. De otra forma de sobresalir. De un impulso por vivir más y mejores cosas todo el tiempo… como si la vida me quedara corta.
A veces escucho conversaciones de otros artistas y entiendo que no tengo interés en convertirme en un referente intelectual del teatro. No quiero crear desde un conocimiento infinito de conceptos y referencias teóricas que muchas veces parecen vacías de experiencia.
Cada vez me queda más claro que, más allá de la teoría, lo que me interesa es lograr un entendimiento profundo de lo humano, de mi proceso creativo y de mi arte. Quiero reflejar todo lo que tengo en la cabeza, en el corazón y en las entrañas.
No me interesa impresionar a otros ni lo que otros puedan pensar de mí. Solo quiero que mi arte sea un reflejo completo de mi vida: de mis ideas, de mis pasiones, de mis miedos, de la incertidumbre y también de mi ambición.
Porque leo los diarios de todas esas mujeres y me encuentro en sus palabras. A pesar de las diferencias culturales, del abismo generacional, de los estilos de vida tan distintos, incluso a pesar de trabajar en disciplinas artísticas tan diferentes… Ahí estamos todas compartiendo algo en común: un mismo sentimiento, un mismo miedo, una misma necesidad de algo más grande que nunca terminamos de alcanzar.
Durante mucho tiempo a las mujeres se nos enseñó a esconder la ambición.
A disfrazarla de vocación, de pasión, de disciplina… o en su defecto se nos enseñó a sentir culpa por perseguir dicha ambición.
Pero cuando leo los diarios de tantas artistas encuentro algo que casi nadie se atreve a decir en voz alta: todas querían ser algo más grande.
De pronto me encontré en las palabras de Alejandra Pizarnik, en las de Daniela Rea, Joan Didion, Marta Minujín, Frida Kahlo, Sylvia Plath y hasta en las de Maria Bashkirtseff.
Me vi en sus palabras mientras atravesaban sus procesos creativos, preguntándose si su trabajo sería suficiente para representar lo que sentían, lo que pensaban, lo que vivían, lo que tenían urgencia de gritar. Me vi en sus palabras cuestionándose si podrían llegar a algo más grande de lo que ya habían alcanzado, cuestionando si sus nombres pasarían a la historia, si serían recordadas…
Y así sucede algo extraño.
En una palabra, en una frase, en la potencia del lenguaje —a pesar de los idiomas y de los siglos de diferencia— conectamos todas. Nos encontramos en una especie de línea temporal ambigua donde compartimos el mismo instante: ese momento de soledad en el que una mujer escribe en silencio, con una libreta y una pluma, algo que no sabe si alguna vez podrá decir en voz alta pero que muy en el fondo espera que pase a la historia.
Aunque socialmente parece que hemos avanzado mucho, el mundo de las mujeres todavía parece estar dividido entre dos caminos: desarrollarse profesionalmente o formar una familia.
Como si ambas cosas no pudieran coexistir sin culpa.
A las mujeres que deciden construir una vida centrada en la familia muchas veces se les ve como poco ambiciosas. Y a las que decidimos dedicar nuestra vida al arte o a nuestro trabajo se nos mira como excesivamente ambiciosas, como si esa ambición fuera algo peligroso o poco natural.
Seguimos sintiendo culpa por no ofrecer nuestro cuerpo como hogar para una pareja o para unos hijos.
Y así terminamos muchas veces a medias: vagando entre querer una cosa y renunciar a la otra. Queriendo tenerlo todo y sintiendo que la vida no alcanza.
O estabilidad económica o seguir mis sueños.
O el cuerpo que siempre he imaginado o dedicar mi vida entera a la escritura.
La ambición se vuelve entonces un territorio extremo.
Durante siglos nos enseñaron que la ambición era un rasgo masculino. Pero basta abrir los diarios de tantas artistas para descubrir lo contrario.
Entre páginas manchadas de tinta, escritas en habitaciones solitarias, aparece siempre la misma confesión: el deseo feroz de vivir más, de crear más, de dejar algo en el mundo antes de desaparecer.
Hace poco recordé la primera vez que leí un diario de mi madre.
En una página encontré una frase que me dejó paralizada:
“Ya no quiero vivir”.
Recuerdo lo mucho que me impactó leer algo que parecía un pensamiento prohibido.
Con los años volví a encontrar esa misma frase —o variaciones de ella— en los diarios de muchos artistas. Y también en los míos.
Ahora entiendo que a veces esa frase no habla solamente de muerte, al menos no literalmente. Habla, más bien, de la urgencia de terminar con una incomodidad, de escapar de una vida que se siente insuficiente, de buscar algo distinto a lo que nos ha tocado vivir.
Incluso si ese algo se imagina, por un momento, en la muerte.
Att. Cassandra Colis





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