El olvido...
O quizá solo una herida que va sanando.
El 24 de enero es el cumpleaños de mi padre.
Como quizá muchos de ustedes saben, mi padre murió hace catorce años, en septiembre de 2012, para ser exacta. Desde entonces atravesar cada día de su cumpleaños sin él ha sido toda una travesía. Los primeros años solo ver la fecha en el calendario me producía un dolor terrible, como una punzada en el pecho, debilidad extrema y dolor de cabeza, porque, claro, se había convertido en una fecha recordatoria de todo lo que ya no podías vivir y experimentar juntos. Con el paso del tiempo eso que me provocaba la fecha se fue transformando, de manera que había días donde solo me invadía una nostalgia inmensa, otras veces me sentía ausente, prefería quedarme en casa, escuchando su música favorita, escribiéndole una carta, o solo pensando en él y permitiéndome llorarle. Muchas veces me ha tocado dar funciones en su cumpleaños y me llevaba a imaginarlo sentado en las butacas viéndome orgulloso. En los últimos años manejaba mucho más el dolor y empezaba a buscar maneras de rendirle un mini tributo en su cumpleaños, tomándome una cerveza, escuchando Intocable, o haciendo algún plan que nos podría haber gustado hacer juntos…
El punto es que en 14 años esa fecha en mi calendario ha sido sumamente importante, impactante y significativa. En algún momento incluso investigué sobre la memoria del cuerpo en relación con fechas traumáticas porque había veces que aparecían malestares muy extraños justo un día antes de su cumpleaños… y sí supongo que a nivel neuronal había cosas que generaban sentido pero ese no es el punto de esta carta… el punto es que este 24 de enero de 2026, por primera vez en 14 años, no recordé que día era y no hubo ni un solo malestar físico o emocional previo o durante el día de su cumpleaños. No fue hasta el 25 de enero que mientras estaba organizando unas cosas en mi calendario me di cuenta de la fecha que acababa de pasar.
Vi el enorme “HBD DAD” que había marcado yo misma a inicios de año y que había pasado desapercibido hasta ahora. Me quedé en shock por más de 10 minutos. Solo viendo la hoja de papel frente a mí. Recorriendo la tinta que indicaba su nombre con mis dedos… “No puede ser”, me repetí una y otra vez… “No hay manera de que se me haya olvidado así”. Pero sí. Se me olvidó por completo.
En los últimos cuatro años el tema de “el olvido” me ha mantenido en alerta. He dedicado mucho de mis días a leer, investigar y teorizar sobre eso. Dándole sentido al porqué de las nuevas tendencias en el arte como lo documental, el archivo, la memoria, el biodrama, el registro de las cosas, etc. Para mí el olvido es compañero de la ausencia. Lo que se olvida deja de hacerse presente. Lo que no está presente, está ausente. Cuando un ser querido tan importante muere, uno busca mantener su presencia lo más posible, llena la casa de fotos, busca su olor en la ropa que dejó atrás, pronuncia su nombre y repite las historias vividas una y otra vez porque es la única manera de evitar que llegue el olvido y con él, la verdadera ausencia.
Para mí, la fecha marcada en mi calendario es parte de un ritual para hacerlo presente. Uno no marca los cumpleaños de la gente que muere… Pero yo sí. A mi corazón le da mucha paz ese momento en que llega su cumpleaños y sé que encontraré una manera de felicitarlo. Recuerden que no soy una persona religiosa, no creo en Dios, ni en el paraíso, ni en ideas de que la gente ,después de morir, vaya a alguna parte en concreto. Así que me resulta más complicado encontrar una manera de conservar su presencia. Así que ya se imaginarán de verdad lo impactante que fue para mí saber que había perdido la oportunidad, que el día había pasado de largo y que en ningún momento me había acordado de él, al menos no conscientemente, no pronuncié su nombre, no escuché sus canciones, no brindé por él… nada. Olvido absoluto.
Mi papá y yo en Durango al término de una presentación de “La Lotería Méxicana: El Argüende” bajo la dirección de Oscar Silva con el grupo de Jazz de la UANL (2009).
Justo cuando empecé a sentir el ataque de pánico y las lágrimas a punto de invadirme por completo. Me obligué a respirar y dije: Espera… ¿qué hice el 24? ¿Qué fue lo que hizo que no revisara mi agenda ese día? ¿Cómo es que no abrí ni mi calendario en mi celular? ¿Qué me mantuvo tan ocupada? ¿tan distraída?
Resulta que justo la noche anterior la había pasado celebrando otro cumpleaños, había estado tranquila, había reído, la había pasado muy bien, genuinamente muy bien. Y después de eso amanecí feliz, y tuve una mañana de descanso… no estuve trabajando, ni obligándome a estar ocupada, tampoco estaba cumpliendo con eventos que no me interesaran… simplemente estaba presente, pasando tiempo con alguien que amo. Regresé a mi casa esa noche con una sonrisa de oreja a oreja y sintiéndome plenamente feliz y tranquila.
Dejé de castigarme por haber olvidado el cumpleaños de mi papá y me puse a pensar que, por primera vez en catorce años, ese día me permití estar en el presente y no en el pasado. Me afirmé que seguramente, por primera vez en catorce años, mi padre habría recibido un verdadero regalo de mi parte. Una risa genuina, un “te amo” genuino, un día divertido en el que estuve tranquila, consentida, enamorada y feliz.
Respiré hondo, dejé que las lágrimas corrieran por mis mejillas, pero en lugar de recibirlas con pesar me permití sonreír ampliamente. Y me perdoné aunque quizá no era necesario, pero decidí hacerlo obvio para mí misma. Puse una de sus canciones favoritas y la escuché a un volumen bajo mientras susurraba para mí misma algunas estrofas y pensaba en lo mucho que deseaba seguir teniendo días así. En los que, de tanta felicidad, sea capaz de desconectar del pasado.
Deseo permitirme vivir más días en el presente. Anclada a lo que estoy viviendo hoy, y no solo a mi nostalgia, que sí, la amo, pero que también acepto que puede ser muy dolorosa. Y aunque guardar el recuerdo, preservar la memoria y luchar contra el olvido me siguen pareciendo cosas de vital importancia… también me atrevo a decir que sin una ancla al presente, el exceso de pasado nos puede dar una mala jugada. Y todos nos merecemos disfrutar de una felicidad plena, aunque sea efímera, aunque sea instantánea, pero es real y sucede únicamente en el presente.
Hoy estoy profundamente agradecida del recuerdo de mi padre, de todo el pasado que pude construir a su lado. Pero también decido atreverme a darle paso a mi presente para agradecer todo lo que soy hoy y todo lo que puedo disfrutar, gozar y construir aún sin que esté él aquí presente.
Att. Cassandra Colis



