El arte de callar.
Donde termina mi voz y empieza la de los demás.
Detenerse un momento.
Aprender a guardar silencio.
Tomarse el tiempo de escuchar al otro antes de generar una opinión.
No querer saberlo todo. No necesitar entenderlo todo.
Enero ha sido un mes para poner a prueba mi paciencia y confirmar si realmente he cambiado en estos últimos años.
Entre 2012 y 2018 dediqué mucho tiempo de mi vida a una frustración que quizá muchxs han sentido: una necesidad enorme por ser “una mejor persona”, por hacer las cosas “más justas”, menos dañinas para el planeta y para los demás. Todos los días intentaba construir discursos que me volvieran “más inteligente”, “más informada”, “más culta”. Luchaba por convertirme en la imagen de lo que yo creía que era “el ser humano perfecto”.
Publicaba diario en mis redes sociales cosas sobre luchas sociales, sobre derechos de los animales, sobre violencia, sobre injusticias en todas partes del mundo. Iba a todas las marchas posibles, incluso a las cuando ni entendía lo que defendían y, cuando no podía ir, me sentía una mala persona. Vivía con una necesidad constante de discutir, debatir, convencer a otros de pensar como yo, de “alzar la voz” siempre, todo el tiempo. Y me costó mucho trabajo darme cuenta de que, en realidad, todo eso solo estaba sosteniendo un vacío existencial enorme.
No tenía algo que realmente me apasionara. No sentía que perteneciera a nada. Me sentía abandonada, sola. Quería formar parte de una comunidad, de algo más grande. Quería que mi vida tuviera sentido. Quería llamar la atención. Quería hasta ganar un premio Nobel jajajaja. Quería —de verdad— ser la mejor persona del mundo.
Con el tiempo, empecé a preguntarme de dónde venía esa obsesión mía por querer tener una opinión sobre absolutamente todo.
Y decidí parar.
Dejé de publicar. Me permití cuestionarme más.
Yo creo —muy profundamente— que los cambios verdaderos no se imponen hacia afuera: nacen hacia adentro. Siempre he pensado que, antes de señalar lo que está mal en el otro, debería mirarme en un espejo y preguntarme qué está mal en mí. Porque yo no puedo —ni debo— cambiar al otro. Pero sí puedo, y debo, trabajar en mí.
El impacto de exponer mi punto de vista sobre la vida de mi vecino, por ejemplo, no genera un cambio real. Pero lo que yo me cuestiono sobre mi propia vida, mis hábitos, mis decisiones y mi casa, sí puede transformarme. Y cuando yo cambio, el mundo alrededor cambia un poquito conmigo.
Hace unos años empecé a hablar menos y escuchar más.
Y desde entonces me di cuenta de que hay algo que me molesta mucho, algo que muchas veces yo hice y que me parece terrible: cuando opinamos desde nuestro privilegio, nuestra comodidad, nuestra distancia… sobre dolores que no nos pertenecen, que no entendemos. Cuando hablamos desde nuestra ignorancia creyendo tener la razón.
Odio cuando los hombres “explican” el feminismo.
Odio cuando los heterosexuales dictan cómo debería vivir la comunidad LGBTQ+.
Odio cuando alguien que nunca se ha parado en un escenario, se cree experta en teatro. Y también odio cuando lxs teatrerxs se creen críticxs expertos en cine sin siquiera entender cómo funciona una cámara.
Odio cuando ocurre una crisis social en otro país y, de pronto, todxs somos especialistas en geopolítica desde Twitter.
No me molesta que hablemos de cosas importantes a nivel mundial, al contrario, me parece necesario. Lo que me molesta es cuando alguien quiere imponer su verdad por encima de todas las demás. Cuando creen que su postura es la única correcta. Incluso más correcta que la de quienes están viviendo el dolor en carne propia. Me da rabia. Me parece muy ridículo.
Pienso mucho en esto ahora que veo lo que está pasando en Venezuela. Siendo novia de un venezolano, conociendo su historia y a su familia.
Y siento que se nos está olvidando algo básico:
Antes de opinar… hay que escuchar.
Mucha gente está juzgando a lxs venezolanxs por celebrar la captura de Nicolás Maduro, después de, 27 años de dictadura. Y lo hacen desde el odio, desde la superioridad moral, desde la distancia. En lo que va de enero, he leído una cantidad de publicaciones tan denigrantes, tan llenas de odio, tan estúpidas, tan egoístas… Y, tristemente, gran parte de esa gente ni siquiera es venezolana.
We are losing the plot.
Sí, lo recalcó en inglés a propósito.
A veces siento que estamos actuando todo el tiempo.
Performando inteligencia.
Performando conciencia social.
Performando “estar informados”.
Como si todos fuéramos expertos en geopolítica, economía, derechos humanos y teoría crítica… cuando al mismo tiempo vivimos una vida profundamente cómoda, rutinaria y distraída. Y no lo digo desde afuera. Me incluyo. Yo también.
Hablamos de imperialismo desde nuestros iPhones.
Criticamos a Estados Unidos en post y luego nos vamos a consumir Netflix.
Escribimos hilos en Twitter, posteamos en Instagram, escuchamos música en Spotify, googleamos fuentes, trabajamos desde nuestra Mac, pedimos Starbucks, usamos Nike, comemos en cadenas gringas y hacemos compras en Amazon mientras decimos “el capitalismo es terrible”.
Y sí: lo es.
Pero también: ahí estamos. Todos los días. Participando.
Entonces me pregunto…
¿con qué cara me pongo a sermonear al mundo?
A veces no estamos defendiendo causas.
Estamos defendiendo una idea de nosotros mismos.
Una identidad. Una imagen. Una pertenencia.
“Yo soy el que sabe.”
“Yo soy el que está informado.”
“Yo soy el que está del lado correcto de la historia.”
Y mientras tanto, las personas que sí están viviendo las consecuencias reales —hambre, exilio, dictaduras, violencia, miedo— no están pensando en si una intervención va de acuerdo a su postura ideológica. Están pensando en sobrevivir.
Y nosotros, desde la seguridad de nuestras casas, con el refri lleno, con internet, con opciones, con alternativas… opinamos como si entendiéramos todo.
Y no. No lo entendemos.
Podemos intentar. Podemos aprender. Podemos acercarnos.
Pero no podemos adueñarnos de esa voz.
Así que cuando algún venezolano dice que no le importan los motivos de Estados Unidos o de Trump, no siempre es ignorancia. Es supervivencia. Porque la realidad es que cuando estás en riesgo, tus prioridades cambian.
Por eso me interesa más escuchar.
Porque tal vez la verdadera conciencia no siempre es hablar fuerte, sino saber cuándo bajarle el volumen a nuestro ego.
Y dejar que las personas que sí están ahí, viviendo eso, hablen primero.
No me molesta que se generen conversaciones e incluso debates con respecto al tema, eso me parece importante y necesario. Lo que me asusta es que no dejaron pasar ni 24 horas para formular sus ideas. Lo que me duele es ver cuánta gente habla por encima de ellxs en lugar de hablar con ellxs.
Pareciera que ahora es más importante defender tu postura, demostrar que eres culto, inteligente, o moralmente correcto… que practicar la solidaridad.
La solidaridad no es hablar por los demás.
La solidaridad también es callar para escuchar.
Incluso cuando su realidad no coincida con tu marco teórico.
Si la política no puede abrazar tanto la dignidad humana como el contexto histórico al mismo tiempo, entonces, me parece que no es justa.
Se ha repetido mucho eso de que “el silencio también es una postura política”, y sí, puede serlo. Pero no siempre debería usarse como un reproche.
A veces el silencio no nace de la indiferencia, sino del respeto. Las plataformas para alzar la voz —como las redes sociales— deberían estar disponibles, sobre todo, para quienes realmente las necesitan en ese momento. Guardar silencio no significa apoyar nada en específico, ni minimizar lo que sucede; a veces simplemente significa dejar espacio para que hablen quienes están viviendo la situación en carne propia.
No todos tenemos que convertirnos en portavoces: hay periodistas, investigadores y especialistas que se preparan para comunicar con contexto y cuidado. Cuando intentamos ocupar ese lugar sin la información suficiente, muchas veces solo generamos ruido, desinformación… y terminamos tapando las voces que más necesitan ser escuchadas.
Y en medio de ese ruido, se nos olvida algo básico:
Ellxs saben mejor que tú lo que están viviendo.
Yo sigo creyendo en el silencio como posibilidad. No como desinterés. No como indiferencia. Sino como espacio. Como respeto. Como terreno fértil para que hablen quienes realmente necesitan ser escuchados.
Y antes de opinar… yo les invitaría a que nos miráramos al espejo.
Lava tu baño.
Paga tus cuentas.
Cuida a tu familia.
Cuida tu salud.
Edúcate mejor.
Hazte preguntas incómodas.
Investiga.
Lee más allá de tu timeline.
Y, sobre todo… escucha.
Porque no tenemos que tener una opinión sobre todo.
Pero sí tenemos la responsabilidad de no pasar por encima de la experiencia de los demás.
Att. Cassandra Colis





Concuerdo que hay mucho ruido en el internet. Mucho contenido basura. Mucho publicado que realmente no fue pensado, no aporta. Qué interesante propuesta planteas de dejar espacio: no publicar sobre todo, ni cualquier cosa, para dejar espacio para las voces que si vale la pena escuchar/leer.