Carta #24
El recuerdo de una boda.
Hace unos días fui a la cita para la renovación de mi visa. Al entrar tuve que dejar mis pertenencias afuera y apagar mi celular. Fui completamente sola, así que esos minutos de hacer fila y esperar mi turno estuvieron dedicados a observar y a escuchar.
La señora de enfrente se quejaba de todo, un hombre fue 5 días antes de su cita y se molestó porque no lo quisieron atender. A unas 15 personas de distancia había una mujer con su hijo, les juro el nene más bello que había visto en mi vida (se me calentó la matriz). Detrás mío un señor de la tercer edad y su esposa quien lo estaba obligando a renovar su visa para poder visitar a su hija que no habían visto en más de 3 años. Y justo antes de que pasara mi turno vi en otra ventanilla a un padre con su hija.
Ella vestida aún con uniforme, porque seguro la sacó antes de clases para venir a la cita. Él respondiendo por ella las preguntas que le hacía la chica de la ventanilla. Me acordé vagamente de la primera vez que tramite mi visa, con mi papá, me acorde de todas las veces que se hizo cargo de todos estos tramites para que yo no batallara. De pronto me sentí muy sola y desee que hubiera alguien acompañándome.
Al salir enseguida decidí que era buena idea caminar, el Uber de mi casa hasta aquí me había costado casi 200 pesos y mi siguiente parada era San Pedro que fácilmente serían 200 pesos más en Uber. Como había salido antes de lo esperado y no tenía prisa, decidí romantizar mi necesidad de ahorrar y empecé a caminar, por supuesto con mis audífonos bien puestos y una gran playlist acompañándome.
Mientras caminaba me vino la nostalgia, porque estas calles del centro siempre me recuerdan que hace unos años vivía muy cerca de aquí y que siempre caminaba estas acompañada.
Pero ahora camino sola.
De izquierda a derecha; Mi padrino Eliud, Alejandra: mi mamá, Juan: mi papá y mi madrina Gaby (hermana mayor de mi mamá)
De pronto llegué a La Purísima, una iglesia enorme, frente a un parquesito sencillo, al otro lado del parque unos elotes. La nostalgia creció.
Tengo un video de youtube caminando por aquí con él, respondiendo preguntas sobre nuestra relación.
En esta calle existió Microteatro, que hace no muchos años era uno de mis lugares favoritos en la ciudad. Me acordé de Sam, me acordé de ese sueño guajiro de tener un teatro, de las noches de fiesta que se convertían en madrugadas. Me acordé de la sensación de admiración que sentía por estas personas que escribían, dirigían, actuaban y vivían del teatro. Sin saber que unos años después este lugar cerraría y esas personas se volvería mi familia.
De pronto me quedé mirando la iglesia y tuve una corazonada. Si algún día me caso me casaré aquí. ¡Claro! Esto ya lo había pensado. Antes de huir de ese destino pensé: Si algún día me caso, me casaré aquí.
Porque aquí se casaron mis padres. Mi mamá bronceada, con sus hombros descarapelándose. Mi papá llegando tarde y crudo por la tremenda borrachera que se pegó la noche antes. Todos los invitados listos, esperándolos. Ellos con hambre como siempre. Cruzan el parque para comprarse unos elotes.
Si algún día me caso, me casaré aquí y me comeré un elote antes de entrar por esas puertas.
Campanadas de iglesia y una ceremonia en la que no cree ninguno de los dos pero es una tradición y se ven tan guapos así, ella de blanco, él de negro.
Si algún día me caso, me casaré aquí, me comeré un elote antes de entrar por estas puertas y una vez adentro sonreiré y lloraré como si de verdad creyera que existe un Dios capaz de unir nuestras vidas para siempre, y yo estaré de blanco (o quizá no) y llevaré mis hombros descubiertos o muy apenas tapados por un velo. Y él ira de negro o quizá no, pero sonreirá al vernos porque será como un juego, uno que solo entendemos él y yo.
Me quedé observando la iglesia y pensé en ese carrito arreglado al cual se subieron los dos y manejaron hasta aquella quinta en la que festejaron su amor. Me quedé pensando en ese álbum de fotos y recuerdos que mi mamá creo en el que con su puño y letra detalla cada pequeño detalle, cada sentimiento, cada emoción. Loca y obsesiva como yo.
Si algún día me caso, me casaré aquí, me comeré un elote antes de entrar a la iglesia, y una vez adentro sonreiré y lloraré como si de verdad creyera que existe un Dios. Yo estaré de blanco (o quizás no) y llevaré mis hombros descubiertos o muy apenas tapados por un velo y él irá de negro, o quizás no pero sonreirá al vernos porque será como un juego que solo entendemos él y yo. Nos subiremos a nuestro carro decorado y manejaremos por la carretera escuchando música hasta llegar a una quinta y festejar nuestro amor. Y como soy una loca obsesiva, escribiré cada detalle de ese día, cada sentimiento, cada emoción.
Seguí caminando y dejé atrás esa iglesia mientras pensaba que aún a mis casi 30 años la idea de casarme me suena tan lejana… Mis padres tenían 21 y 22 años, y se casaron sin más, pensando que era la mejor decisión de su vida. No sé si con el tiempo se arrepintieron, quizás si, quizás no. ¿Me arrepentiría yo?
Seguí caminando y me encontré otro lugar, un edificio que antes no significaba nada pero que ahora me hace pensar que quizá tuvo más significado del que pensaba… ¿Será que desde ahí estaba construyendo algo que no entendía ni era capaz de asimilar?
Pienso en mis papás que eran solo amigos, pienso en mi mamá que era amiga de las hermanas de mi papá, pienso en mi papá que era novio de las amigas de mi mamá. Pienso en todos los años que no vieron en el otro una posibilidad hasta que de pronto no quedaba nada más que la posibilidad.
¿Cómo funciona el destino?
Seguí caminando y pensaba en esa quinta, en su primer vals de casados. Pensaba en mi papá con dos pies izquierdos y en lo perfecta bailarina que era mi mamá. Pensaba en todos los amigos, en toda la familia, en ¿que habrán dado de cenar? Pensaba en la música que seguro nunca volvieron a escuchar igual, pensaba en las lágrimas que se abran derramado, en las carcajadas que los abran inundado y pensaba en el agua, en el agua fría de una alberca que los estaba esperando para…
De pronto en mi caminata me invadió un olor. Huele a Gandhi, pensé y si. Olía a Gandhi, pero no me refiero al señorcito santo si no a la librería. Podría reconocer ese olor con los ojos cerrados en donde fuera. No lo pude evitar. inhale hondo, abrí la puerta y subí las escalera. Me encontré con el guardia, que ya no es el mismo, leyendo un libro sin siquiera enterarse de que pasé a su lado. Recorrí cada pasillo lentamente, visitando mis estantes favoritos, haciendo una lista mental de todos los libros que habríamos comprado. La nostalgia me inundo más fuerte que nunca.
Como si fuera un vicio que debía ocultar abrí varios libros y me acerque a olerlos de cerquita. Este es uno de mis aromas favoritos en la vida. Me debatí entre comprar un libro o no. Pienso que la primera vez que compre un libro este año tendría que ser “especial”. No sé que significa eso pero decido que hoy no es “especial”, decido no comprar. Me acerco a la cafetería me pido un Matcha y una galleta y me siento a leer.
Pero dejo de leer porque no me puedo concentrar. Hoy quiero impregnarme de este lugar, quiero permitirme recordar…
Yo en Gandhi octubre 2021
Me quedé un par de horas, dejándome inundar por los recuerdos. Sonriendo. Que linda vida tengo, pensé.
¿Cómo un lugar puede cargar con tantos recuerdos? ¿Cómo un lugar puede significar tanto? Pienso que si Gandhi fuera una iglesia me casaría aquí.
Me termino mi matcha y decido seguir con mi camino… Pienso: A la gente le cuesta dejar lugares que les hacen feliz.
Pienso: A mi no. A mi se me da bien. Me gusta irme.
¿Será que estoy obsesionada con la nostalgia? Puede ser. Pero decido irme. Empiezo a caminar hacia mi siguiente destino. me quedo pensando que las cosas no son para siempre, y las personas tampoco, y las relaciones menos. Pero, los recuerdos si. Uno puede conservar un recuerdo para siempre.
Vuelvo a ponerme mis audífonos, sigo escuchando mi música, camino hasta llegar a la parada del camión giro atrás para ver todo lo que he caminado, ¡pffff es un montón!, pienso. Me gusta, pienso.
Hago la parada, me subo, me siento. Cierro mis ojos e imagino…
Si algún día me caso, me casaré ahí, en la purísima, nos comeremos un elote antes de entrar a la iglesia y una vez adentro sonreiré y lloraré como si de verdad creyera que existe un Dios capaz de unir nuestro amor para siempre. Yo estaré de blanco (o quizás no) y llevaré mis hombros descubiertos o muy apenas tapados por un velo. Él irá de negro, o quizás no, pero sonreirá al vernos porque será como un juego, un juego que solo entendemos él y yo. Nos subiremos a nuestro carro decorado y manejaremos por la carretera escuchando música hasta llegar a una quinta para festejar nuestro amor. Ahí nos esperaran nuestros amigos, y nuestra familia. ¿Que daremos de cenar? No sé, ya lo resolveré después. Tendremos un primer vals, aunque quizá el no sepa bailar… habrá música, llantos, carcajadas y una alberca llena esperando a que los enamorados se den una zambullida. Y como soy una loca obsesiva, escribiré cada detalle de ese día.








