Carta #16
Yoga, meditación, Dios y la espiritualidad
Llevo unos días reflexionando sobre mi sentido de pertenencia.
¿A dónde pertenezco? ¿Por qué siempre me siento fuera de lugar?
Empecé a leer Eat, Pray & Love de Elizabeth Gilbert. Nunca he visto la película y todo mundo me dice que no está tan buena, pero debo decir que el libro hasta ahora es increíble, de verdad desde el primer capítulo me sentí excesivamente identificada y me enganché por completo con el tema de la espiritualidad, de encontrar a Dios y de encontrarme a mi misma.
En el 2021 leí otro libro de la misma autora, Big Magic, en dónde habla sobre procesos creativos, el arte de crear y como funciona para ella como journalist, autora de best sellers y novelista. Me encantaron sus ideas, me inspiraron mucho, ese año empecé a escribir más que nunca pero ignoré un poco todo el tema de la espiritualidad y “Dios” porque desde chica esos temas me parecen escabrosos. Nunca me he querido identificar con alguna religión ni me ha parecido importante encontrar mi espiritualidad.
Durante muchos años critique todas las iglesias y todas las religiones, estaba muy enojada y molesta con la idea de un Dios supremo. A la fecha aún me cuesta hablar del tema y me siento particularmente extraña y vulnerable escribiendo sobre estos temas en este momento. Pero debo admitir que aunque sigo rechazando las ideas de todas las religiones del mundo, empiezo a sentir la necesidad de formar para mi misma una espiritualidad y encontrar una conexión con algo superior.
Soy la oveja negra pero no por ser artista porque de hecho mi familia esta llena de artistas, desde mi abuelo, mi mamá, mis tíos y primos… músicos, bailarines, artistas plásticos, compositores y demás. Más bien yo me he sentido como la oveja negra por los temas relacionados con el universo, con la humanidad, las energías, con la sensibilidad, la importancia de cuidar la madre tierra, y sobre todo la importancia de ir a terapia conocerse a uno mismo y buscar la mejora constante. Parte de estas cosas que para mi han sido siempre tan importantes me han llevado a cuestionarme en muchas ocasiones ¿A dónde pertenezco? Si a veces siento que no pertenezco con mi familia, si a veces siento que no pertenezco con mis amigos, si a veces siento que no pertenezco con mi trabajo y mis compañeros, si a veces siento que no pertenezco en esta sociedad… ¿A dónde pertenezco?
Ahora leyendo a Elizabeth, ella menciona como en su viaje a la India aprendió que rezar es el acto de pedir a Dios (sin importar que Dios te venga a la mente, ni que tipo de rezo o plegaria imaginaste) y la meditación es el acto de escuchar a Dios.
Entonces Elizabeth dialoga consigo misma y piensa “Claro, tiene sentido que la meditación me cueste tanto y que a veces sea una tortura, mientras que mis rezos me llenan de satisfacción. Todos queremos siempre ser escuchados, pocos tenemos la capacidad de escuchar.” Y lo entendí todo.
Yo no rezo desde que tenía, no sé 8 o 9 años… No recuerdo que es lo que rezaba a esa edad. Sé las cosas por las que rezaría hoy si realmente creyera que hay alguien escuchando. Quiero creer, les juro. Por eso escribo sobre esto, por eso me ha costado más de una semana aclarar mis ideas al respecto en esta carta.
Siempre me he considerado una persona que sabe escuchar, meditar me encanta y creo que se me da relativamente fácil. Me gusta estar en silencio con los ojos cerrados y darme la oportunidad de sentirlo todo. Durante algunas prácticas de meditación han llegado algunas de mis mejores ideas, algunas de mis decisiones más difíciles también. En algunas de mis meditaciones he podido escuchar mi propia voz, distinta, hablándome con una sabiduría que desearía tener en el día a día, pero que solo ha llegado en ciertas ocasiones mientras medito. Elizabeth habla sobre una voz similar, su propia voz que para ella es Dios, respondiendo a sus rezos, dándole respuestas, señales, guiándola.
Me cuesta. Me cuesta mucho creer que esto sea así, pero llevo casi un año ya tratando de hacer las paces con mi espiritualidad, tratando de encontrar un Dios que me haga entender y amar mi vida.
Creo que mi problema principal es la religión y las iglesias que jugaron tanto con el nombre de Dios que al pensar en esa palabra solo puedo imaginarme a un wey todo ensangrentado y esquelético con cara de tortura clavado a una cruz. Yo no quiero rezarle a eso. Pienso que mucho del problema con mi falta de creencia es que el catolicismo me metió hasta por dónde no, la idea de que Dios es perfecto, que todo lo que sea que me suceda en la vida es porque Dios lo decidió y porque tiene un plan para mi que es mejor que el que yo quisiera, y obviamente yo no estoy de acuerdo. Me cuesta creer en un Dios que es amado por tantos, que predican sus palabras de amor y al mismo tiempo en su nombre hacen las guerras más horribles del mundo, promueven el odio, la falta de tolerancia y son capaces hasta de matar, yo no quiero creer en ese Dios, yo no quiero rezarle a ese Dios, no quiero pedirle nada, no quiero escuchar su voz ni seguir el supuesto camino que el quiere que siga.
Pero ahora tengo una nueva idea sobre Dios, una idea que se esta trabajando en mi cabeza, de a poquito, porque nunca ha sido fácil romper con la educación impuesta desde el nacimiento. Una idea que surgió al responder que quizá pertenezco a mi misma, a mi cuerpo, a mi mente, a mi alma, a mi capacidad de escuchar, a mi capacidad de amar, y sobre todo a mi capacidad de crear.
En esta idea, Dios es un creador, es EL CREADOR (por usar “él” no necesariamente imagino que se aun hombre) Dios es el más grande artista, una energía tan poderosa capaz de crearlo todo: el universo, la naturaleza, la vida. Y nosotros, (absolutamente todos nosotros) hechos a su imagen y semejanza somos energías creadoras. No perfectas. Ni Dios, ni nosotros, porque el acto de crear no puede ser perfecto.
Estoy empezando a hacer las paces con una idea de Dios que no es perfecta, un Dios que tiene la capacidad de cometer errores. De dar y de quitar vida, de crear y de destruir. Porque un Dios así si sería digno de mi admiración, porque un Dios así si sería alguien que quisiera que me hablara y me aconsejara.
Meditando sobre el por que, querría yo un Dios imperfecto entendí que yo no voy a terapia con mi psicóloga, ni me meto a estudiar con maestros o le pedía consejos a mi padre, esperando una verdad absoluta. Yo no me acerco a estas personas esperando que sean perfectas o que no cometan errores. Me acerco a ellos para que me escuchen y luego escucharlos, para que me guíen, porque confío que cada uno en su materia quizá conoce y entiende cosas que yo en ese momento no soy capaz de ver ni de entender. Porque confío en que quizá su visión y su sabiduría podrían ayudarme a tomar una decisión, a generar nuevas ideas a formar mi camino.
Ese es el Dios que quiero.
Quiero un Dios que pueda ver todo desde afuera, que me de luz sobre las cosas que están ahí pero no puedo ver, que me de paz en los momentos que yo solo puedo percibir caos, que me de fuerza cuando mi espíritu se sienta morir, que me de un consejo que después yo decida si quiera tomar o no, que nunca me de una verdad absoluta impuesta sobre mi.
Quiero un Dios imperfecto, un Dios artista, un Dios creador.
~Cassandra Colis







